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Historia de una Semilla

Cuando vemos una semilla, por lo general pequeña y sin gracia, nos admiramos al pensar que tiene escondido el germen latente de una vida que solo requiere ciertas condiciones favorables para desarrollarse y convertirse en una planta fértil y hermosa.

Planta

Por Clarita Duperly de Restrepo

A pesar de su apariencia insignificante, apreciamos la semilla en razón de su contenido, y con cuidado la plantamos en el semillero, en la tierra recién revuelta, protegida del sol fuerte y de las lluvias torrenciales. Cuando aparecen los primeros brotes, ya nos hacemos la ilusión de verla en pleno desarrollo, y cuando creemos que está suficientemente fuerte la trasplantamos al lugar definitivo, cuidando de no lastimarle las raíces y de que encuentre tierra abonada y fresca para vivir.

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La podamos, la fumigamos y sostenemos su tallo débil con otro que le
sirva de apoyo; si el huracán la doblega y quiebra sus ramas todavía
frágiles, con delicadeza tratamos de enderezarla y reparar los daños.
En una palabra, velamos por su correcto crecimiento hasta tener una
planta formada que a su vez empiece a dar frutos.

Si tantos cuidados tenemos con una vida vegetal, cuantos más deberíamos
tener para con ese microscópico y delicado óvulo femenino, semilla
potencial de un ser humano. Con qué profundo respeto deberíamos cuidar
de que encontrara en el tibio recinto de una madre las condiciones
favorables para su desarrollo. Con qué emoción deberíamos ver apuntar
sus tiernos brotes de inteligencia, su despertar a la vida. Cómo
deberíamos regar con abundante lluvia de amor ese ser frágil y hacer de
cada hogar un invernadero que lo proteja en los primeros años del sol
ardiente de las pasiones y del viento helado de la indiferencia. Cómo
deberíamos abonar con honradez, con valor, con dignidad, esa criatura
sedienta de conocimientos, de ansias de llegar a ser alguien en la vida.

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Llagada la adolescencia debería encontrar en sus padres y maestros los
jardineros que con delicadeza infinita realizaran la labor de
transplante, la adaptación al complicado mundo de los mayores, la
acomodación a sus rigurosos cambios, a la dureza del suelo, a las
tempestuosas avalanchas de la juventud, a las torrentosas corrientes
del ambiente.

Debería encontrar en ellos la mano firme y segura, capaz de podar, con
visión de futuro, los brotes defectuosos; capaz de enderezar los de
torcidas inclinaciones, capaz de darle la amplitud necesaria para su
expansión, sin abandonar su cuidado y vigilancia, hasta alcanzar su
completo desarrollo.

Debemos reflexionar si es nuestro hogar ese semillero abrigado y cálido
capaz de alentar una vida incipiente y de preparar para la lucha contra
las inclemencias esos corazones delicados.

Pensemos si con nuestra manera de ser, de vivir, de trabajar, estamos
haciendo irrespirable el ambiente, estamos atrofiando con aire viciado
el valor incalculable de una vida humana.

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