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Lactancia, mi experiencia personal

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Cuando la enfermera me confirmó mi embarazo, yo no podía creerlo, la

felicidad, el miedo y el asombro me dejaron allí, en medio de la sala

sin poderme mover. Toda mi vida cambiaba allí, en un segundo.

Cuando pude moverme corrí a contar las buenas nuevas a mi familia. Un

par de días después mi mamá me regaló lo que ella creía que toda nueva madre debería

tener: un esterilizador de biberones. Desafortunadamente, un par de

meses más tarde, perdí mi bebé y en medio de mi dolor, mirar los

biberones me recordaba mi tristeza, así que los regalé.

Unos meses más tarde me embaracé nuevamente y tuve la alegría de

recibir a mi hijo. Para ese entonces había leído bastante y estaba

decidida a amantarlo.

Pero como toda nueva madre, después de su nacimiento tuve muchísimas dudas: ¿cómo colocarlo? ¿por qué lloraba? ¿cada cuánto debía comer? Comprendí que no era tan fácil como decían los libros, así que busqué una tarjeta de la Liga de la Leche que me habían dado en mi curso prenatal y pedí ayuda.

Unos días más tarde tuve la fortuna de reunirme con una mujer maravillosa, madre de 7 hijos y abuela de muchos más, quien con paciencia  y dedicación, me ayudó a colocar a mi bebé de una manera cómoda, me dio la confianza necesaria para pasar los primeros meses y disfrutar su relación de una manera intensa y maravillosa.

Cuando mi hijo tenía seis meses tuve una experiencia increíble: él era un bebé gordo y saludable, un día mientras visitábamos una casa de adopciones con una familia amiga que deseaba adoptar un niño, me fui a caminar por las salas y vi que había una niña muy pequeña, en una cuna bajo unos reflectores.

La enfermera me informó, que la bebé había nacido prematura y no quería comer, le habían ensayado todo tipo de leches y las rechazaba todas. Estaban preocupados por que sus padres adoptivos la estaban esperando, pero no podían entregarla hasta que estuvieran seguros de que la niña estaba alimentándose sin problema.

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Le enfermera me preguntó si yo estaba lactando y podía regalarle un poco de leche para la niña. Yo me extraje unas onzas y las dejé en un biberón. Un par de horas más tarde me llamaron de la casa de adopción  para decirme que la niña se había tomado hasta la última gota y querían saber si podía darles un poco más.

La casa de adopciones era retirada de mi casa, y no me era fácil transportarme al ritmo que ella necesitaba comer, así que la directora me sugirió que me quedara con la niña unos pocos días para ver si se recuperaba.

Unas horas después la niña dormía plácidamente con mi hijo en su cuna y yo encaraba el proceso de aumentar mi leche para amantarlos a los dos. Por dos semanas, día y noche compartieron mi leche como hermanos, uno en cada seno.

Al cabo de las dos semanas, la niña casi dobló su peso y tuve la emocionante misión de ponerla en brazos de sus nuevos padres. Por casi dos meses continué sacándome leche para ese pequeño tesoro que pasó rápidamente por nuestra vida.

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Un par de años después necesité de toda mi experiencia y apoyo para pasar una de las experiencias más difíciles de mi vida. Mi hija nació después de un embarazo muy difícil y la lactancia fue nuestra salvación.

Desde sus primeras semanas tuvo toda clase de problemas de salud y tuvo que afrontar no sólo las estadías en el hospital, sino también infinidad de exámenes médicos. Mientras ella estaba al seno se dejaba sacar sangre, poner oxígeno o hacer lo que médicos y enfermeras necesitaran.

Yo me sentía que al menos podía hacer algo por ella. Al pasar los meses, se hizo más evidente que mi leche fue un salvavidas para ella también. No podía asimilar nada que no fuera  leche materna y al cumplir el primer año, la única otra comida que podía comer era arroz blanco.

La transición a una alimentación sólida le tomó meses. Muchas veces estaba tan enferma o cansada que no podía tragar y debía darle mi leche congelada y en pequeños trocitos para que deshicieran en su boca.

Ya en ese momento lo más difícil de afrontar no eran su alimentación y su salud, sino la presión social y la de muchos de los médicos que la trataban para que la destetara. Afortunadamente para mi hija y para mí, la Liga de la Leche y sus amorosas madres siempre estaban ahí para apoyarnos, para darme una mano con mi hijo mayor y hasta para ayudarme en las largas estadías que debía hacer en otra ciudad, cerca del hospital.

Cuando finalmente mi niña pudo comer, la transición fue lenta, sin presión, a su ritmo y sin dolor. Al menos eso pude ofrecerle, y en muchísimas ocasiones, cuando la desesperanza y la tristeza me abrumaban, al menos sabía que para ella, estar en mi seno la ayudaba a sobre-pasar todos sus momentos difíciles.

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Cuatro años después nació mi otra niña, amantarla fue un placer, y todo mi aprendizaje anterior, me permitió pasar por los momentos difíciles de una manera suave y sin tropiezos. Amamantar nos deja una mano libre para leer un libro, dibujar, dar una sopa y acariciar una cabecita a nuestro lado.

La vivencia de ésta nueva lactancia fue enriquecedora para mis hijos mayores. Mi hija se levantaba su blusita para dar de comer a sus muñecas y mi hijo realizó una encuesta entre sus compañeros para saber quiénes habían sido amamantados. Creo que para ellos en el futuro será más fácil vivir la lactancia como un proceso natural.

Al cabo de los años nuestra familia recibió un regalo: El nacimiento de Martín. Con mis hijos mayores ya adolescentes, tener un nuevo bebé en brazos fue una felicidad indescriptible.

Ya no son sólo los padres quienes se enamoran del pequeño, sino que toda la familia comienza a girar y a compartir su amor por el pequeño de una manera diferente.

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Martín también me trajo algo nuevo que aprender en cuanto a la lactancia y es que cada niño es diferente, con cada hijo debemos aprender y tener paciencia. Martín no ganaba peso, no podía comer bien, y con toda mi experiencia de años de lactancia comencé a sentir la presión de la pediatra para que lo destetara.

Para lo que si me sirvió mi experiencia, fue para buscar una respuesta. El tenía la lengua amarrada y eso le dificultaba extraer la leche de una forma adecuada. Mi suministro de leche se había bajado dramáticamente y tuve que comenzar a extraerme manualmente cada dos horas, de día y de noche para poder complementarle con mi propia leche y para aumentar la cantidad de leche que yo tenía en ese momento.

Mi esposo y mi hija mayor le ofrecieron muchas veces el complemento con una jeringa de lactancia y dejándolo chupar de su dedo meñique. A ellos, esta experiencia les dio una sensación increíble de cercanía con el bebé y de compartir la lactancia en familia.

El nacimiento de mi hijo en un nuevo país, sin conocer a nadie y lejos de mi familia y mi cultura, me dio la oportunidad nuevamente de entrar en contacto con la Liga de la Leche. Aquí encontré una vez más, un grupo de madres en que el tema que une es la lactancia, pero lo que hay en el fondo es un forma respetuosa y amorosa de criar a nuestros hijos.

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Fotografías de Victoria Restrepo ©

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