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Nuestros hijos despiertan lo mejor y lo peor que llevamos adentro

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Nuestros hijos despiertan lo mejor y lo peor que llevamos adentro, aunque muchas veces sólo queramos brindarles lo mejor.

Cuando un bebé comienza a crecer en nuestro vientre, soñamos con tenerlo en nuestros brazos y colmarlo de amor, ternura, felicidad, conocimiento y mil bendiciones más. Cuando nace, es tanta nuestra felicidad y amor, nuestro deseo de protegerlo y cuidarlo, que pareciera que éste hijo sólo puede despertar alegrías y buenos sentimientos en nosotros.

Pero no todo siempre es color rosa y tal vez unos días más tarde, cuando el cansancio nos abruma, cuando las responsabilidades parecen demasiado grandes… ellos pueden también despertar en nosotros sentimientos de frustración, depresión o incluso de rabia.

Si estos sentimientos, son sólo pasajeros, tal vez podamos manejarlos nosotros mismos, pero cualquier sentimiento, que atente contra la seguridad y el bien estar de nuestros hijos debe ser consultado con un médico o un psicólogo.

A medida que ellos crecen, la vida cotidiana y los pequeños vaivenes de su crecimiento, pueden atacar hasta el más sensato y ecuánime de los padres. Es importante que cuando sintamos que estamos perdiendo la paciencia y que nuestra relación con ellos ya no es tan divertida, que nos pasamos más tiempo regañando, que abrazando, que cuando veamos más los problemas que las alegrías, hagamos un alto en el camino.

Nosotros, los padres, somos los adultos y somos los responsables de cómo funciona esta relación. Por lo menos hasta que ellos ya crezcan lo suficiente para compartir ésta responsabilidad.

En este largo proceso, debemos estar reflexionando, revisándonos a nosotros mismos y mirando con ojos críticos (tal vez los ojos de nuestros niños…) pensando cómo podemos seguir adelante, con todo el amor y la ternura, con todos los buenos deseos y sueños que tuvimos para ellos, cuando sólo comenzaban a crecer.

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